Convento de Santa María Magdalena de Cuitzeo (Parte I)

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Este domingo fui a visitar el Convento de Santa María Magdalena de Cuitzeo, el cual data de 1550 y, por fortuna, se mantiene en perfecto estado de conservación. Entre las muchas maravillas arquitectónicas, estéticas e históricas que se pueden encontrar en este sitio, los frescos que aún se mantienen en buen estado (hay muchos otros que ya se han perdido irremediablemente) son de mis preferidos. Estos cuatro que comparto hoy se encuentran en los techos abovedados de los pasillos que comunican a las habitaciones de los monjes que allí estudiaban y vivían.

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Isla Cozumel

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No hay nada como el mar para sentir lo pequeño que es una persona frente a la inmensidad del mar, del aire que nos rodea, del mundo todo. Una verdadera cura de humildad. Por otro lado, también nos acoge con su paz y su tranquilidad poderosa; flotar en su superficie es lo más cerca que podemos estar de sentir que volamos por nuestros propios medios.

Guadalajara o el color hecho paisaje

Visitar Guadalajara es uno de esos placeres que deberíamos darnos más seguido quienes vivimos aquí, en el centro de México. De las muchas ciudades que esta zona del país nos brinda, Guadalajara es una de las que nunca desilusiona.

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Desde los grandes espacios de la zona central, la encantadora buena disposición de sus habitantes, su clima, todo confluye para que podamos pasar unos momentos inolvidables. No hay que olvidar que aquí también tenemos a las grandes obras de José Clemente Orozco:

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También tenemos los coloridos coches para pasear por la ciudad:

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O sencillamente los grandes palacios y la ciudad toda. Lo dicho: Guadalajara nunca desilusiona.

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Fin de semana en San Miguel de Allende

hacía años que no iba a San Miguel de Allende. Volver a recorrer esas calles fue rememorar aquella visita última con mi hermana y amigos, caminando por estas mismas calles, mismas y, a la vez tan diferentes.

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San Miguel de Allende es uno de esos rincones mexicanos que se deben visitar y que uno no se cansa de admirar. Sus calles cuentan historias o, mejor dicho, sus calles son historia. Cada portal, cada esquina, cada piedra nos dice algo si estamos dispuestos a escuchar con atención.20170413_122828

 

Desde las calles más humildes hasta los inevitables sitios históricos, San Miguel de Allende será siempre un lugar que me llamará a visitarlo una y otra vez. Y allí estaré, claro está.

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Rozando lo sagrado (II)

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En mi última entrada dije que al adentrarme en el Cenote Dos Ojos senti que estaba en presencia de algo que era más grande que lo que mis ojos podían ver, y no exagero con estas palabras. A veces, sobre todo cuando no estamos esperando nada de antemano y nos encontramos abiertos a las sensaciones más básicas y puras, es cuando la realidad nos sorprende y podemos decir que estamos en presencia de lo insondable o de lo religioso (del latín religare o re-legere; es decir, el acto de sentirse unido a algo). Las maravillosas sensaciones que se apoderan de uno en esos momentos es algo que, de manera inevitable, nos vemos imposibilitados de exteriorizar y definir con precisión. Apenas podemos acercarnos a ello cuando queremos transmitir nuestras sensaciones; tan solo con pensar en la dificultad de expresar lo que significa una sensación física nos hace darnos cuenta de la empresa imposible que es la de querer transmitir una sensación metafísica o mística.

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Tal vez todo se trate de la locación; tal vez todo sea sólo un cúmulo de sensaciones físicas que se suman y se superponen como las capas en un estrato geológico. Tal vez (y hasta por momentos estoy casi a punto de asegurarlo) sólo sea que el acto de nadar en una cueva que es la primera de otras muchas, entre peces que no temen al hombre que invade su territorio, en medio del silencio de una selva subtropical y sabiendo que las aguas en las que uno se hunde se alimentan constantes de un río subterráneo; sea el que nos invada con tantas sensaciones simultáneas que no nos dé tiempo a poder poner a todo ello en perspectiva. Sea como fuere, uno no puede pasar por allí sin llevarse algo de esa magnificencia dentro de sí. Éste es uno de esos sitios que, me atrevo a asegurar, acompañará a quien lo visite por el resto de sus días.

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Nunca olvido, en estos casos, que la apropiación de ciertos términos por ciertos sectores de la sociedad no hace que no podamos usar esos términos nosotros mismos cuando sea necesario. La lengua, como la felicidad o el asombro son moneda corriente que todos podemos y debemos usar con libertad. Lo sagrado, en este caso, no es privativo de un grupo particular, sino de todos y cada uno de nosotros, cuando el azar nos permite una experiencia inigualable.

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Nadando en las transparentes aguas de Dos Ojos

Rozando lo sagrado (I)

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Los cenotes (del maya dzonoot: ‘hoyo con agua’) son formaciones geológicas similares a grutas donde han quedado expuestos espejos o cursos de agua dulce. Para los antiguos mayas los cenotes eran lugares sagrados donde se celebraban diferentes rituales o ceremonias. Pude conocer algunos de ellos en mi primer viaje a la península de Yucatán, el año pasado; pero no fue hasta hace poco menos de un mes que pude sentir esa sensación de misterio, de magia, de sacralidad, que es a lo que hace referencia la cultura maya. Hay muchísimos cenotes en la península (he leído informes que hablan de más de siete mil de ellos) y cada uno tiene su impronta, su propio sello personal; pero, claro está, hay algunos que sobresalen por su belleza o por alguna otra característica especial. Los más famosos son El Cenote Azul, Ik Kil, Saytun, Cenote Sagrado, Cenote Dos Ojos, entre otros. Es en éste último, en el Cenote Dos Ojos, donde sentí que estaba en presencia de algo que más grande que lo que mis ojos podían ver.

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Debo reconocerlo: la primera sensación al mirar debajo del agua fue de miedo. Luego de unas pocas piedras que me servían de base se abría una profunda caverna de la que no podía ver el fondo. No soy un buen nadador y aunque no crea que vaya a ahogarme en dos metros de agua, cuando mis pies no tocan algo que me sirva de sostén entro en pánico de inmediato, así que tuve que avanzar paso a paso (lo cual me llevó varios minutos) para poder adentrarme en las aguas y observar con detenimiento lo que había allí debajo.

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Como dije, bajo mis pies se abría una caverna de la que en un primer momento no pude ver el fondo; pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras pude ver que sólo había accedido a algo que era sólo el principio. Detrás de esa caverna había otra y detrás de ella parecía haber otras más. Cerca de una hora después de haber estado allí apareció un grupo de buzos que se adentraron con linternas en esas cavernas, así que aproveché para observarlos y observar todo lo que pude de esas profundidades que se adentraban unas en otras como muñecas rusas.

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Nota: La calidad de las fotografías no es la ideal; pero preferí incluir en la entrada tomas originales antes que buscar otras en la red; las cuales serían más profesionales, sin duda, pero menos directas en relación con el tema y, sobre todo, con quien quiere compartir esta experiencia. Mañana irá una segunda y última parte.

Después de Babel

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Acabo de regresar de una semana pasada en la Riviera Maya; sitio de ensueño si los hay. Por allí pasan, hoy, decenas de etnias y de idiomas, así que caminar por cualquiera de sus calles o descansar en una de sus playas puede ser un entretenido juego de descubrimiento y de curiosidad sobre el grupo de personas que tenemos alrededor nuestro. Aunque el idioma que predomina es el inglés, es obvio que pueden escucharse muchos otros, algunos que suenan muy bonitos y otros que parecen sólo comunicarse por medio de órdenes (es la sensación que tengo al escuchar a los idiomas orientales, por ejemplo). El último día, como solemos hacer, nos “despedimos” comiendo unas clásicas quesadillas. Las muchachas que nos atienden hablan ente ellas en una lengua que sonaba delicadamente musical. No había en ese diálogo sílabas fuertes ni inflexiones que cortaran el diálogo en fragmentos menores, lo cual siempre brinda una sensación seca, cortante. Les preguntamos qué idioma es el que hablan y muy amables nos dicen que se trata del Q’anjob’al; una lengua derivada del maya antiguo y que sólo es hablado por menos de ochenta mil personas, la mayor parte de ellas habitantes de Guatemala y el sur de México. Ellas son de Chiapas (el único lugar en México donde se habla esta lengua) y agradecen con modestia no fingida los halagos que le hacemos a ese lenguaje tan bonito y musical. Una de ellas, ante mi incapacidad para pronunciar el término, me lo escribe en un papel para que yo pueda escribirlo aquí: Q’anjob’al. El único idioma nativo hablado por dos muchachas en una ciudad que parece ser un suburbio de Babel.

Volando alto

No hace mucho realicé un vuelo en paracaídas, el cual me resultó hermoso por diversos motivos. Ver desde lo alto el mar, l0s diferentes colores con los que lo tiñe las algas marinas, sentir el contacto del aire y del silencio a esa altura; todo ello fue maravilloso, pero lo más espectacular de estar volando tan alto es verme a mí misma inmersa en lo enorme que es nuestro mundo. Verme rodeada de ese mar y pensar en lo pequeña que soy fue toda una enseñanza. Por eso, poder admirar la vida me resulta maravilloso e imprescindible; una de las grandes cosas que tenemos por disfrutar y aprender a disfrutar. Fue una de las grandes experiencias de poder seguir viajando y conocer siempre más.

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