Placeres personales

La piel de las cosas

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Cada sitio tiene, por regla general, su atractivo, su encanto, su particularidad. Encontré que las alcantarillas son una parte especial de esas particularidades. No todas son elaboradas o atractivas; pero coleccionarlas mediante fotografías se ha transformado en una forma diferente de turismo. Las de Morelia, en Michoacán, México, son de las más originales y bellas que he visto. Incluso tienen el encanto de que el símbolo de los Tres Reyes no está del todo claro de dónde proviene. Es un símbolo, de algún modo, paradójico. Un símbolo que representa algo que no se sabe bien qué es. Para mí con su belleza, alcanza.

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Isla Cozumel

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No hay nada como el mar para sentir lo pequeño que es una persona frente a la inmensidad del mar, del aire que nos rodea, del mundo todo. Una verdadera cura de humildad. Por otro lado, también nos acoge con su paz y su tranquilidad poderosa; flotar en su superficie es lo más cerca que podemos estar de sentir que volamos por nuestros propios medios.

Guadalajara o el color hecho paisaje

Visitar Guadalajara es uno de esos placeres que deberíamos darnos más seguido quienes vivimos aquí, en el centro de México. De las muchas ciudades que esta zona del país nos brinda, Guadalajara es una de las que nunca desilusiona.

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Desde los grandes espacios de la zona central, la encantadora buena disposición de sus habitantes, su clima, todo confluye para que podamos pasar unos momentos inolvidables. No hay que olvidar que aquí también tenemos a las grandes obras de José Clemente Orozco:

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También tenemos los coloridos coches para pasear por la ciudad:

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O sencillamente los grandes palacios y la ciudad toda. Lo dicho: Guadalajara nunca desilusiona.

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Tarde en el zoológico

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En estos tiempos que corren, soy consciente de que los zoológicos son algo que debe ser superado; pero sin embargo, ante el problema que implica la imposibilidad de readaptación de muchas de las especies que aquí se encuentran, se hace necesario mantenerlos a pesar de todo. Claro, mantenerlos pero no seguir alimentándolos. Es necesario superar esta etapa de la humanidad y, ya que por medio de la tecnología podemos hacer que de otras formas acerquen los animales a los hombres (hologramas, imágenes en tercera dimensión, por ejemplo), hacia allí debemos apuntar.

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Abrazos, simplemente abrazos

Acabo de ver este video y no puedo menos que compartirlo por su sencillez y por lo profundo de su mensaje. Sólo es un muchacho tailandés que reparte abrazos a perros callejeros. Ver a estos pobres animales reaccionar ante lo que puede considerarse como tan básico y sencillo, emociona y conmociona. Si hasta dan ganas de salir e imitarlo… Quién sabe ¿Por qué no?

Fin de semana en San Miguel de Allende

hacía años que no iba a San Miguel de Allende. Volver a recorrer esas calles fue rememorar aquella visita última con mi hermana y amigos, caminando por estas mismas calles, mismas y, a la vez tan diferentes.

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San Miguel de Allende es uno de esos rincones mexicanos que se deben visitar y que uno no se cansa de admirar. Sus calles cuentan historias o, mejor dicho, sus calles son historia. Cada portal, cada esquina, cada piedra nos dice algo si estamos dispuestos a escuchar con atención.20170413_122828

 

Desde las calles más humildes hasta los inevitables sitios históricos, San Miguel de Allende será siempre un lugar que me llamará a visitarlo una y otra vez. Y allí estaré, claro está.

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Sentir la poesía

Hace poco tuve la oportunidad de visitar por unos días a Cancún, Playa del Carmen y, por último, Tulúm. Ayer, leyendo La fábula del tiempo, de José Emilio Pacheco, encuentro este poema que me hizo transportarme de manera mágica a aquellas ruinas. Digo de manera mágica porque no había notado que Aquí todo lo vivo es extranjero y que toda reverencia es profanación. También me sentí algo tocada cuando leí y sacrilegio todo comentario. El poeta me llama la atención y tiene razón. Ser más cuidadosa al visitar un sitio así, saber que piso un suelo que alguna vez fue sagrado, recordar y comprender a aquellos hombres y mujeres que habitaron este pasado mío no es algo que deba dar por sentado.

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TULUM

Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Si estas olas no fuesen prisioneras
serían piedras
en el observatorio ,
serían hojas
convertidas en llamas circulares

De algún sol en tinieblas
baja la luz que enciende
a este fragmento de un planeta muerto.
Aquí todo lo vivo es extranjero
y toda reverencia profanación
y sacrilegio todo comentario.

Porque el aire es sagrado como la muerte,
como el dios
que veneran los muertos en esta ausencia.

Y la hierba se arraiga y permanece
en la piedra comida por el sol
—centro del tiempo, abismo de los tiempos,
fuego en el que ofrendamos nuestro tiempo.

Tulum se yergue frente al sol
en otro ordenamiento planetario. Es núcleo
del universo que fundó la piedra.

Y circula su sombra por el mar.
La sombra que va y vuelve
hasta mudarse en piedra.

Rozando lo sagrado (II)

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En mi última entrada dije que al adentrarme en el Cenote Dos Ojos senti que estaba en presencia de algo que era más grande que lo que mis ojos podían ver, y no exagero con estas palabras. A veces, sobre todo cuando no estamos esperando nada de antemano y nos encontramos abiertos a las sensaciones más básicas y puras, es cuando la realidad nos sorprende y podemos decir que estamos en presencia de lo insondable o de lo religioso (del latín religare o re-legere; es decir, el acto de sentirse unido a algo). Las maravillosas sensaciones que se apoderan de uno en esos momentos es algo que, de manera inevitable, nos vemos imposibilitados de exteriorizar y definir con precisión. Apenas podemos acercarnos a ello cuando queremos transmitir nuestras sensaciones; tan solo con pensar en la dificultad de expresar lo que significa una sensación física nos hace darnos cuenta de la empresa imposible que es la de querer transmitir una sensación metafísica o mística.

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Tal vez todo se trate de la locación; tal vez todo sea sólo un cúmulo de sensaciones físicas que se suman y se superponen como las capas en un estrato geológico. Tal vez (y hasta por momentos estoy casi a punto de asegurarlo) sólo sea que el acto de nadar en una cueva que es la primera de otras muchas, entre peces que no temen al hombre que invade su territorio, en medio del silencio de una selva subtropical y sabiendo que las aguas en las que uno se hunde se alimentan constantes de un río subterráneo; sea el que nos invada con tantas sensaciones simultáneas que no nos dé tiempo a poder poner a todo ello en perspectiva. Sea como fuere, uno no puede pasar por allí sin llevarse algo de esa magnificencia dentro de sí. Éste es uno de esos sitios que, me atrevo a asegurar, acompañará a quien lo visite por el resto de sus días.

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Nunca olvido, en estos casos, que la apropiación de ciertos términos por ciertos sectores de la sociedad no hace que no podamos usar esos términos nosotros mismos cuando sea necesario. La lengua, como la felicidad o el asombro son moneda corriente que todos podemos y debemos usar con libertad. Lo sagrado, en este caso, no es privativo de un grupo particular, sino de todos y cada uno de nosotros, cuando el azar nos permite una experiencia inigualable.

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Nadando en las transparentes aguas de Dos Ojos

Rozando lo sagrado (I)

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Los cenotes (del maya dzonoot: ‘hoyo con agua’) son formaciones geológicas similares a grutas donde han quedado expuestos espejos o cursos de agua dulce. Para los antiguos mayas los cenotes eran lugares sagrados donde se celebraban diferentes rituales o ceremonias. Pude conocer algunos de ellos en mi primer viaje a la península de Yucatán, el año pasado; pero no fue hasta hace poco menos de un mes que pude sentir esa sensación de misterio, de magia, de sacralidad, que es a lo que hace referencia la cultura maya. Hay muchísimos cenotes en la península (he leído informes que hablan de más de siete mil de ellos) y cada uno tiene su impronta, su propio sello personal; pero, claro está, hay algunos que sobresalen por su belleza o por alguna otra característica especial. Los más famosos son El Cenote Azul, Ik Kil, Saytun, Cenote Sagrado, Cenote Dos Ojos, entre otros. Es en éste último, en el Cenote Dos Ojos, donde sentí que estaba en presencia de algo que más grande que lo que mis ojos podían ver.

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Debo reconocerlo: la primera sensación al mirar debajo del agua fue de miedo. Luego de unas pocas piedras que me servían de base se abría una profunda caverna de la que no podía ver el fondo. No soy un buen nadador y aunque no crea que vaya a ahogarme en dos metros de agua, cuando mis pies no tocan algo que me sirva de sostén entro en pánico de inmediato, así que tuve que avanzar paso a paso (lo cual me llevó varios minutos) para poder adentrarme en las aguas y observar con detenimiento lo que había allí debajo.

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Como dije, bajo mis pies se abría una caverna de la que en un primer momento no pude ver el fondo; pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras pude ver que sólo había accedido a algo que era sólo el principio. Detrás de esa caverna había otra y detrás de ella parecía haber otras más. Cerca de una hora después de haber estado allí apareció un grupo de buzos que se adentraron con linternas en esas cavernas, así que aproveché para observarlos y observar todo lo que pude de esas profundidades que se adentraban unas en otras como muñecas rusas.

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Nota: La calidad de las fotografías no es la ideal; pero preferí incluir en la entrada tomas originales antes que buscar otras en la red; las cuales serían más profesionales, sin duda, pero menos directas en relación con el tema y, sobre todo, con quien quiere compartir esta experiencia. Mañana irá una segunda y última parte.