Nunca son demasiados mitos

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Visito el pueblo mágico de Tacámbaro, en México. Allí hay un lago natural en el cráter de un volcán extinto y mis amigos, conociendo mi fascinación por estos sitios, allí me llevan. Desde la ruta alcanzamos a ver el pueblo, allí abajo, todo cubierto de tejas rojas. Como siempre sucede en estos pueblos, el punto más alto es la o las torres de la iglesia, y aquí no encontramos ninguna excepción. Lo primero que me llama la atención es el olor que se siente; una delicada fragancia entre anís y limón. Aquí sólo hay árboles de hojas duras, casi sin flores. ¿De dónde proviene ese olor? Alguien me lo indica: es un pequeño arbusto, tan pequeño que apenas le levanta unos pocos centímetros del suelo y que se mezcla con el césped. Tomo uno de ellos y lo llevo a mi nariz: el olor a anís es delicioso. Todo el sitio parece estar sumergido en él. Como quiero sentirlo más o, mejor dicho, como no quiero dejar de sentirlo en ningún momento me llevo esas hojas mientras descendemos hacia el cráter del volcán.

Primera parada: el kiosco inevitable en los pueblos mexicanos. Desde allí tenemos una vista fantástica de La Alberca, que es como llaman al lago. Me cuentan la primera de las historias, la menos fantástica de todas: Antes de la llegada de los españoles, estas tierras eran fuente de conflicto entre los Chichimecas, los Purépechas y los Nahuas. A este sitio llegó el príncipe Tacamba y aquí se estableció. Le gustaba bañarse en el lago, aunque para él no era gran cosa (el príncipe Tacamba provenía del lago de Pátzcuaro; por lo cual este espejo de agua bien le parecería algo un poco más grande que un charco). Mientras descendemos, algo cruza volando frente a mí velozmente. Lo que me sorprende es que sólo vi una especie de ráfaga, pero fue una ráfaga azul; y no fue una mariposa. La busco y me encuentro con una libélula como nunca había visto en mi vida: Su cuerpo anillado es de un azul cielo brillante. Seguimos bajando hasta llegar al borde del cráter; el cual tiene poco más de setecientos metros de diámetro (hay que darle la razón, en cierto modo, al príncipe Tacamba). Allí me cuentan otras historias, menos creíbles que la primera, pero no menos encantadoras, si uno se permite el juego de las nuevas leyendas y no pretende mirar todo con ojos de científico. Alguien me dice que el lago se comunica ―por medio de túneles en el interior de la montaña― con el océano Pacífico, el cual se encuentra a unos ciento cincuenta kilómetros hacia el sudeste; y otro me dice que no, que se comunica con el centro de la Tierra. Alguien me dice que el lago está habitado por un monstruo como el del lago Ness (es curioso cómo se ha propagado esta idea. La he oído en referencia a sitios tan dispares como el escocés ―el dueño absoluto del mito―; pero también en Argentina, Suecia, Canadá, Japón y, ahora, México); el cual sería el causante de las muchas muertes o desapariciones de nadadores en este sitio. El lago, en ese sentido y con dudoso sentido de la ironía, es conocido también como comechilangos; término que requiere una breve explicación. En México, a los habitantes de la capital se les denomina, comúnmente chilangos, y parece ser que, al venir a este sitio, demasiado confiados tal vez por el pequeño tamaño del espejo de agua que tienen ante sí, se adentran demasiado en él y son varios los que han perdido la vida. La explicación más lógica es que al tratarse de un cráter volcánico, el declive de sus orillas sea en extremo abrupto y, si no se es un eximio nadador, los problemas pueden ser graves e inmediatos. Pero además del monstruo de La Alberca hay otra historia por la cual es posible que tantos hombres hayan perdido aquí la vida, y se trataría de la obra de dos mujeres: Querendzitziqui y Cundatzitziqui, las cuales, están buscando un novio o amante o están buscando a un hombre en particular ―Pareácuri, de quien ambas estaban enamoradas― y, al no encontrarlo, siguen arrastrando hombres bajo el agua.

Esta leyenda nace también de épocas anteriores a la llegada de los españoles; y hoy se celebra con el llamado Combate de Flores, donde jóvenes ataviados con trajes tradicionales reviven aquella historia bailando al ritmo de los tambores.

Para terminar el mito como corresponde, es decir, de manera poética; se dice que al comenzar la primavera suelen verse flores flotando en las aguas de La Alberca; pero que sólo pueden ser vistas por aquellos que saben amar con pureza y pasión. Yo sólo me llevo mis plantitas con olor a anís. Tal vez no sea mucho, me digo; pero vamos, que no estamos en primavera todavía… tal vez eso signifique algo, después de todo.

(Nota posterior: Tiempo después, recibo un correo de una de las personas que me llevó hasta allí y que me contó algunas de estas historias. En el correo venía una fotografía del llago tomada desde un punto de vista en particular. El reflejo de la vegetación en el agua muestra la imagen de un ser con apariencia maligna. El famoso monstruo del lago se muestra allí, en la imagen especular que los árboles y los arbustos producen en el agua. No está mal, me digo. Aunque sigo prefiriendo el relato de las dos muchachas (entre el terror y lo romántico me quedo, al menos en este caso, con lo segundo. Como un corolario a esto guardo el pequeño arbusto anisado entre las páginas de un libro, tal como solía hacerse antaño).

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Un nombre tan bueno como cualquiera

Buses Cusco

 

Camino por el centro histórico de Cusco, rumbo al hostal donde me alojo. En una esquina debo detenerme mientras el tránsito pasa a cierta velocidad, sobre todo, los autobuses. Me llama la atención uno de ellos que lleva una banda amarilla a lo largo de su parabrisas donde se lee: Batman. Me causa gracia, sin duda; atribuyo al fanatismo del conductor por las películas de este héroe de acción esta decoración, pero detrás viene otro decorado de igual manera. Sé que en muchos sitios los dueños o los choferes del transporte público decoran sus autobuses (o sus taxis, también) según sus gustos o preferencias. Equipos de fútbol, banderas (muy lejos de allí, en la ciudad de Morelia, en México, hay autobuses que corren por La Corregidora adornados en su frente con una bandera del Reino Unido y por Manuel Muñiz corre uno ―uno solo― con una enorme bandera de Estados Unidos cubriendo la mitad de su ancho parabrisas), estrellas de cine, imágenes religiosas, cantantes, cada cual muestra sus preferencias en esas decoraciones que no dejan de ser pintorescas.

Cuando llego al hostal, hablo con la joven pareja que lo regentea y, mientras preparo algo ligero para comer, y sólo por decir algo, les comento sobre esos dos autobuses con el nombre de Batman y ellos me aclaran que eso no es mera decoración, sino que así es como se llama la línea de autobuses. Ante mi asombro, ríen y me dicen que los autobuses en Cusco tienen nombres como el que acabo de ver, Batman; pero también tienen al Correcaminos; al Zorro; la Liebre; el Chasqui (el cual es el nombre que se le daba al antiguo correo de la época virreinal); el Satélite. Éste último me da la pista y creo captar la idea: velocidad. Todos esos nombres indican que el viaje será rápido y seguro (bueno, esto último tomado con cierta libertad en la interpretación; ya que no toda liebre está exenta de sufrir sus buenos contratiempos, aunque no creo que nadie vaya a querer tomar un autobús llamado Tortuga, por más fanático de Esopo que sea; y el Zorro, aunque siempre salió bien librado en todas sus aventuras, no pocas veces tuvo que detenerse a cruzar estocadas con el Capitán Monasterio, por ejemplo). Digo que está bien; en un primer momento eso llama la atención, pero es un nombre tan bueno como cualquiera. En mi ciudad natal, Morelia, se distinguen por colores: roja, café, coral, verde… en otro sitios llevan números: 512, 541, 533, 582… Nombres tan buenos como cualquiera.

Me dicen que Cusco tiene muchas curiosidades, más allá de las lógicas y por demás conocidas atracciones históricas. Me cuentan que en la ciudad hay siete calles cuyos nombres comienzan con el número siete: Siete Culebras; Siete Borreguitos; Siete Diablitos; Siete Angelitos; Siete Cuarterones; Siete Bodegones; Siete Ventanas. El siete, número místico por excelencia… Pregunto si los Incas también consideraban a este número como mágico o con propiedades particulares, pero no saben decírmelo. Seguramente ha sido una idea traída por los españoles durante la conquista; de todos modos, no están seguros. Me digo que al día siguiente me gustaría visitar esas siete calles y pregunto si están muy alejadas o si forman parte del centro histórico. No hay nada interesante para ver en ellas, me responden; y no están lejos, aunque se encuentran separadas unas de otras.

Al día siguiente, ya armado el itinerario en un mapa de la ciudad, comienzo la búsqueda de las siete calles cuyos nombres comienzan con el número siete. No es cierto que la mayoría de ellas no tenga nada de particular; pero, si aun así lo fuera, a veces, si hay algo que vale la pena hacer en un viaje es ir a sitios poco particulares; esos sitios que están por fuera de los recorridos turísticos ya prearmados y con horario estricto. De todos modos, la búsqueda de esas calles no fue más que la perfecta excusa para caminar a pie por Cusco; tan solo eso ya valió la pena y un poco más. Encontrar esos estrechos callejones, esas escaleras empinadas (de hecho, la calle Siete Borregones es un largo tramo de escaleras), toparse con las cholitas que se dirigen rumbo al centro vestidas con sus trajes típicos mientras sus llamas caminan, obedientes, a su lado; tomar nota de los trabajos ornamentales de los hermosos balcones tallados en madera; perderse, preguntar, retomar el camino o desviarse por otro, que se le acaba de indicar con paciencia infinita; todo valió cada segundo de aquel paseo. Lo único que me hubiese gustado en haber podido tomar el Batman de regreso al centro; sólo para cerrar la historia de aquel día de manera redonda, como suele decirse; pero ese autobús no pasaba por aquel sitio. No importa, me dije; ya habrá tiempo de recorrer la ciudad junto al Caballero de la noche.

 

Crónicas del encierro I

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No hay encierro posible si el espíritu tiene las ventanas abiertas. Todo es o puede ser el punto de partida para un nuevo comienzo; cada centímetro de nuestra casa es un universo nuevo, listo para ser descubierto. No es encierro si así no lo queremos, es sólo la posibilidad de un nuevo descubrimiento. Ser, entonces, nuevos adelantados y quemar las naves cuando sea necesario.

Santiago de Chile

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Santiago de Chile en 1712, según el plano de Amades Frezier

Nuestro paso por Santiago de Chile fue breve, pero no por ello fue menos intenso que el de otros sitios que hemos visitado. La capital chilena es, como la mayor parte de las grandes capitales, una gran urbe con un intenso movimiento de vehículos y personas en y hacia todas direcciones. No importa el sitio (puede ser tanto el metro como una avenida) o el horario (lo mismo da que sean las diez de la mañana que las once de la noche); siempre habrá un movimiento raudo y activo.

El centro neurálgico de Santiago es similar a toda gran capital: calles peatonales bordeadas de negocios y puestos varios; grandes bancos, oficinas, monumentos, edificios gubernamentales. De éstos no podía faltar la visita a El Palacio de La Moneda, (comúnmente conocido como La Moneda), el cual es la sede presidencial y donde se ha desarrollado una parte importantísima de la historia chilena.

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Como en la historia todo vuelve, por más que ciertas personas se empeñen en intentar lo contrario (y una se pregunta si  es que esa gente nunca ha leído un libro de historia. ¿Cuántas veces se ha intentado, en vano, acallar la voz de esa misma historia que volverá de manera inevitable?) encontramos en la parte trasera de La Moneda, en la plaza que da a espaldas del edificio, un monumento a Salvador Allende quien, más allá de lo que cada uno piense de su actividad de político y presidente, tuvo una muerte más que injusta y, hasta me atrevería a decir, indigna.

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Lamentablemente, el tiempo que disponíamos para estar en Santiago no era mucho, ya que teníamos que seguir hacia el norte, hacia la frontera con Perú, cruzando el desierto de Atacama; así que sé que me han quedado muchísimas cosas por ver, las cuales, tal vez, visitaré en algún otro momento (si el destino quiere, como se dice habitualmente, podría volver alguna vez). Por ejemplo, entre las que más ilusión me hace, se encuentra la Isla de Pascua, con esos enigmáticos y maravillosos moais que tanto intrigan y fascinan a todo el mundo. Bueno, al menos me queda el consuelo de haberme encontrado con uno de ellos expuesto en la Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins. Algo es algo, me dije, antes de irme.

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Hoja de ruta (III) Cusco (I)

Un resumen de lo que vivimos en nuestra visita a Cusco.

El Blog de Arena

20180127_123533 Cusco desde la altura. (Todas las fotos: Borgeano)

Cusco, la antigua capital del Imperio Inca, no ha cambiado nada en estos casi cuatro años que pasaron desde que la visité por primera vez: la plaza bien cuidada, los portales y locales que la rodean no molestan con ruidos de música o pregones, el tránsito es ordenado, los turistas de todas las nacionalidades van y vienen sin cesar o almuerzan en uno de los muchos balcones coloniales de los cafés o pubs que están, casi todos ellos, en el piso superior de cada caserón colonial.

20180127_114432 Coricancha (del quechua: Quri Kancha, “templo dorado”).

Los cusqueños son por demás amables y, acostumbrados al turista (y conscientes de que el turista es el que deja más dinero en la ciudad y los alrededores y de la necesidad de cuidar esa fuente de ingresos), responden amablemente a las consultas que se les hacen y son muy…

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Tango

La piel de las cosas

Enero (4)

«Silencio en la noche / ya todo esta en calma / el músculo duerme / la ambición descansa» dice el tango y uno siente la poesía en la piel mientras recorre la calle vacía y mojada, mientras se regresa a casa para ser uno más en ese descanso; ser uno más en el silencio y en ese olvido momentáneo que es el sueño de cada noche. Mientras tanto, uno observa la calle vacía y sabe que no es uno más, sino que es el único que le da vida a esa imagen que, de otro modo, pasaría desapercibida y olvidada para siempre.

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Convento de Santa María Magdalena de Cuitzeo (Parte I)

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Este domingo fui a visitar el Convento de Santa María Magdalena de Cuitzeo, el cual data de 1550 y, por fortuna, se mantiene en perfecto estado de conservación. Entre las muchas maravillas arquitectónicas, estéticas e históricas que se pueden encontrar en este sitio, los frescos que aún se mantienen en buen estado (hay muchos otros que ya se han perdido irremediablemente) son de mis preferidos. Estos cuatro que comparto hoy se encuentran en los techos abovedados de los pasillos que comunican a las habitaciones de los monjes que allí estudiaban y vivían.